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Tánger, la puerta de entrada a Marruecos

En estos tiempos de ignominia en las vallas que desangran el sueño de inmigrantes sin visado ni suerte, las distancias entre Europa y África se reducirían, al menos mentalmente, con una visita a Tánger, abierta y cosmopolita, joven y dinámica, y a la vez, atrapada en el conservadurismo y la asfixia de un régimen encerrado.  Desdeñada a menudo como ciudad poco turística, víctima de su fama ahora ya injustificada de insegura y agobiante, Tánger exhibe sin disimulo el legado cultural y las contradicciones de la sociedad marroquí contemporánea.
Tánger es un balcón al mar constante.
Desde la playa principal, que se llena de mujeres veladas y niños que corretean por la arena, hasta la Medina, el conjunto arquitectónico de los restos de la ciudad amurallada, pasando por barrios de chabolas como Beni Makada, donde se alimenta la ambición de una Europa opulenta, a menudo distorsionada gracias a las imágenes que se captan en las parabólicas, con frecuencia alentada por lenguajes universales como el fútbol.
Dentro de la Medina, el Zoco Pequeño, territorio de terrazas libre de comerciantes, es la plaza insoslayable, de esas que se degusta pacientemente, con la mirada perdida y a sorbos de café.
Carece del calor humano y la monumentalidad de Jemaa el Fna, el epicentro de Marrakech, pero lo que sucede en el Zoco pequeño de Tánger parece auténtico, permite imaginarse que uno está realizando una inmersión en el día a día cotidiano de una sociedad que busca maneras de expresarse pese a los corsés que le imponen.
Es un mundo misterioso, masculino, de olor a cigarro, a especias y a té, sin prisa, arcaico y seductor.
Tampoco hay en el Zoco Pequeño espías ni bohemios.
Quien vaya a Tánger tras las huellas de los “beatniks” o la vida regalada de los tiempos del protectorado internacional descubrirá que no queda nada.
De la morada inspiradora de Paul Bowles solamente dan testimonio fotografías en bares que se reconocen únicamente porque las muestran y presumen.
Entre muros encalados, escalinatas en calles empinadas, fuentes ajardinadas y el aroma del salitre y locales de pescado sabroso, Tánger está recuperando el esplendor perdido sin caer en la artificialidad del reclamo turístico.
En la Medina surgen casas típicas, Dar, transformadas en posadas con encanto, que están haciendo olvidar la profunda decadencia que se vivió tras la época de la Zona Libre internacional.
Fue el actual monarca, Mohamed VI, quien se empeñó en revitalizar la ciudad, invirtiendo en la recuperación del puerto marítimo y en una nueva terminal de mercancías, la mejora de la seguridad y la restauración del centro histórico.
Mohamed VI se reservó, eso sí, una mansión extraordinaria,  en las afueras de la ciudad, de camino a las colinas del Cabo Spartel, la punta atlántica africana, allá donde la leyenda sitúa la gruta de Hércules, el forzudo condenado a trabajos pesarosos, como los marroquíes que se esfuerzan día a día para volver a ubicar a Tánger en el mapa del turismo mundial.
Fuente: Eldiario.es .

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